martes, 2 de julio de 2013

Ante la ley (Parábola) Franz Kafka (130 aniversario de su nacimiento)

Checoslovaquia: 1883-1924


Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.
Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.
-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:
-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

miércoles, 5 de junio de 2013

Noche Del Amor Insomne - Federico García Lorca


Noche arriba los dos con luna llena,
yo me puse a llorar y tú reías.
Tu desdén era un dios, las quejas mías
momentos y palomas en cadena.

Noche abajo los dos. Cristal de pena,
llorabas tú por hondas lejanías.
Mi dolor era un grupo de agonías
sobre tu débil corazón de arena.

La aurora nos unió sobre la cama,
las bocas puestas sobre el chorro helado
de una sangre sin fin que se derrama.

Y el sol entró por el balcón cerrado
y el coral de la vida abrió su rama
sobre mi corazón amortajado.

sábado, 25 de mayo de 2013

ÁGUILAS BLANCAS: un relato de Violeta Balián (en español e inglés)

Águilas Blancas, la centenaria estructura emplazada en la sierra finalmente pasó a manos de Wanda. Orgullosa de su adquisición, la millonaria anunció en un té de señoras que celebraría su cumpleaños en el pabellón de caza. −Es una ruina…ni siquiera tiene electricidad − le advirtieron. − Ya conectarán− aseguró ella, convencida de que sólo una gran fiesta podría limpiarle las energías estancadas. Sin embargo, la conexión eléctrica no se concretó y la mujer propuso que cada invitado trajera una vela.
Como todo debía ser blanco y suntuoso, en las galerías se vistieron mesas ataviadas con centros florales y velas de ese color. En las paredes carcomidas del gigantesco hall colgaron guirnaldas de flores y se dispusieron mesas con candelabros. Desde la ruta, hileras de linternas marcaban el camino de acceso a los invitados que por orden de la señora debían pertenecer a todo estrato social.
La gente, vela en mano, se aglomeraba ante la entrada al hall y una vez adentro, hechizada por el chisporroteo constante y el perfume de cientos de candelas, contemplaba, atónita el incongruente interior del caserón. A la medianoche, vestida de blanco y con la cabellera adornada de flores, Wanda hacía su entrada triunfal. ¡Parece un ángel!, exclamaban los presentes. La orquesta engarzó unos compases. Un desconocido con sombrero negro de ala ancha avanzó para tomarla de la cintura y bailar el anacrónico vals. Otras parejas se les unieron en turbulento frenesí hasta que por los tragaluces del techo irrumpieron insólitos rayos de luz que iluminaron el recinto en su totalidad. La música desistió. Los asistentes, pasmados, se encontraron rodeados por espectros, zombis y otros seres extraños que los sobrepasaban en número. −¡Los demonios están aquí! – gritaron unos pocos que huyeron a la sierra abierta perseguidos por los nuevos y discordantes sonidos de la orquesta. A la distancia y horrorizados, contemplaron cómo el pabellón se consumía en llamas y las huestes diabólicas se elevaban hacia la bóveda estrellada arrastrando consigo a cientos de almas. Entre ellas distinguieron la cabellera rubia y el vestido blanco de Wanda, la señora americana. 

After many comings and goings, Águilas Blancas, the century- old structure placed in the midst of the sierra ended up in Wanda’s hands. Proud of her acquisition, the millionaire announced at a tea party that she was planning to celebrate her birthday at the hunting lodge. “It’s nothing but a ruin. It doesn’t even have power”, warned her friends. “They will connect it in time,” she answered assuredly, convinced that only a big party would clear up the stagnant energies. However, the electric power connection did not take place. Instead, the woman proposed that each guest bring a candle. Everything was supposed to be sumptuous and in white. Along the galleries they dressed up tables with candles and floral centerpieces of that color. In the great hall they set white tables with candelabra, and from the moldy, eaten-away walls hung huge floral wreaths. Outside, rows of white lanterns marked the access road for Wanda’s guests, who by her specific instructions came from all social strata. Candles in hand, the people crowded together before the great door. Once inside, mesmerized by the aroma of hundreds of candles in constant splutter, they stood, speechless at the great hall’s nonsensical interiors. At the sound of midnight, dressed in full white, her hair pinned with flowers, Wanda made her triumphal entrance. “She looks like an angel”, they gasped. The orchestra sounded a few notes. A stranger wearing a wide-brimmed black hat stepped forward to take her by the waist and dance an anachronistic waltz. The other couples joined them in a twirling frenzy until sudden and unusual beams of light entered through the skylights illuminating the whole enclosure. The music stopped. The attendance, stunned, was now surrounded and outnumbered by specters, zombies, and other creatures. “The demons are here!” cried out those few seeking cover in the sierra’s darkness and who, at a safe distance could now hear the discordant orchestra’s sounds. Horrified, they watched the flames consume the lodge while the diabolical armies traveled upward to the star-dusted heavens dragging along hundreds of souls. Among them, they could distinguish the American lady’s blonde hair and white dress.

Violeta Balián © 2012 
http.//elexpedienteglasser.blogspot.com
Traducción: Norma Beredjiklian

sábado, 18 de mayo de 2013

Crónica periodística - Una noche en el Hospital Municipal de Chivilcoy por Andrés Pinotti.


Afuera ya no llueve. Algunas nubes oscuras cruzan el cielo y un viento helado le corta la cara al hombre de seguridad que cabecea somnoliento en la puerta de entrada del Hospital. Es viernes a la noche y en los pasillos del lugar sobrenada una calma intranquila. El de seguridad con chaleco azul oscuro se sube el cuello de la campera e ingresa en la sala de la Guardia General silbando un tema de Vicentico. Adentro, el médico de turno le coloca un suero a un enfermero pelado y barrigón que yace dolorido sobre una camilla. Al parecer sufre de cólicos renales, no es la primera vez que le sucede, por eso lo toma con naturalidad y se permite bromear al respecto:

- Creo que estoy embarazado – dice y suelta una mirada cómplice al médico

La sección de guardia se compone de tres salas pequeñas, una contigua a la otra. En las tres hay camillas y pequeñas mesadas de mármol donde pueden verse jeringas, gasas y demás elementos. De las paredes cuelgan estetoscopios, expendedores de guantes de látex y varias bolsas de suero. 
El médico de guardia tiene 35 años pero aparenta menos, lleva un ambo color verde agua y zapatos de cuero marrón. Está incómodo con mi presencia, esquiva mis encuentros y se limita a sonreír durante algún comentario. En la ronda de mates afloja.

- Somos dos médicos que estamos de guardia. Normalmente nos turnamos así uno de los dos puede descansar – comenta con timidez y mira como si recién me descubriese. Una enfermera cuarentona pintada como una puerta lo escucha acodada a una mesada.
En los momentos libres, el médico y los enfermeros toman mate en un cuarto angosto y húmedo que está a unos pasos de las salas. Allí algunos mantienen charlas con silencios eternos, producto del sopor nocturno; otros fuman y me miran con estudiada lentitud, tal vez por la divertida situación de llevar puesto un guardapolvo dos talles menores; pero fue la condición para poder ingresar a la sala con los pacientes.

- ¿Cuántos años tenés, Andrés? – pregunta la enfermera
- Veintidós.
- Unos añitos menos que vos – dice el barrigón ya recuperado de los cólicos.
Todos ríen.

Rockstar chivilcoyano

Paco llegó íntegramente embarrado y escoltado por dos policías que lo traen de la oreja. Se tambalea como una silla mecedora y sin perder la sonrisa de su rostro saluda a todo el personal. Tiene un par de litros de alcohol en la sangre, lo que lo ha llevado a discutir con un amigo. Él cuenta que hablaban, no discutían.

- No tengo nada, doctor. Mire, tómeme la presión si quiere. Lo que sí, tomé un poco de vino – dice con voz pastosa 
- ¿Vino solamente?
- Si, doctor, vino solo.
- Acostate.

El borracho tiene rasgos norteños, es extranjero. Se queja del barro que exhiben sus ropas, sobre todo el de la campera blanca que aún no ha terminado de pagar. El médico le estira los párpados de los ojos y observa. Luego le toma la presión y se traslada a una suerte de escritorio.
- Edad.
Paco susurra un número inentendible.
- Tiene 30 – interviene uno de los policías.
- Nombre completo
- Darío Marcelo González – dice el borracho al tiempo que intenta agarrarse del marco de una puerta.
El médico completa el acta a trazo seguro. Es zurdo. Paco, como lo llaman los policías, le estrecha la mano y el profesional le devuelve el gesto. Se va custodiado, parece una estrella de rock en decadencia.

- Los fines de semana cae siempre. No tiene nada, en el acta aclaro que tenía aliento etílico y lo mando a la casa. Después de las cinco van a caer varios como éste.

La guardia parece haber perdido la tranquilidad. En otra de las salas una mujer se queja de un dolor de estomago. Se instala cuidadosamente en la camilla alisando su pantalón, cuando intenta incorporarse palidece y se pasa un pañuelo a rayas por la frente húmeda. Un enfermero le levanta una remera ajustada hasta el pecho para auscultarla y deja ver una cicatriz profunda de cesárea que surca el fláccido abdomen. Le coloca un suero y la deja en observación.

- Vinieron muchos con dolores de panza. Es viral, seguramente por el agua. Pero por suerte no pasa de ahí.

En el pasillo, el marido, un hombre desgarbado y de cara afilada, se pasea de un lado a otro con las manos en los bolsillos. Luego se derrumba en un banco, debajo de un fluorescente que parpadea, y se lleva un cigarro rubio a la boca. Recuerda que está en un hospital, se lo guarda en un bolsillo y masculla un insulto. Una chispa homicida relumbra en sus ojos.

La urgencia

Llueve desde hace unos quince minutos, el cielo está completamente cerrado. La enfermera mira soñadora por la ventana y el teléfono comienza a sonar. Del otro lado de la línea informan que está por llegar un accidentado en moto. Está grave. El personal apura el paso y el médico se manifiesta en un inflexible crépito de órdenes.

- Mario, prepará la camilla. Vos, comunicate con terapia. Que me despejen el pasillo. ¡Dale, corré!

A través del vidrio esmerilado de la puerta principal se traslucen las luces verdes de la ambulancia que llega. Un médico abre la puerta y da paso a una camilla que ingresa rápidamente a una de las salas. Detrás, el hombre de seguridad contiene dificultosamente a un grupo de mujeres, todas bajas y obesas, que pugnan por acercarse al joven herido. En medio del desbande un enfermero sale de una sala e ingresa a otra. Los familiares estiran el cuello para indagar lo que sucede dentro y reciben un portazo que hace eco en todos los pasillos del Hospital. El muchacho accidentado tiene contusiones en todo el cuerpo, un gran golpe en la cabeza y los pulmones llenos de sangre, lo que le dificulta la respiración. Emite un sonido angustiante que intensifica los llantos de los familiares que aguardan afuera. En unos minutos entrará en coma.
En cuestión de minutos se llena de amigos y familia. Todos lloran. Una niña de unos ocho años, de cabello rubio ondulado, maldice al aire. Su cara sesgada de dolor y odio se repite en todos los presentes. Al lado del tumulto un hombre, ajeno a los familiares del herido, aguarda sentado en un banco. Está inclinado hacía adelante, mirando al piso. Desde hace un par de horas siente dolor en el medio del pecho. No se preocupa tanto por su dolencia, sino por saber cuándo lo atenderán.

El joven accidentado queda internado en terapia intensiva con pronóstico reservado. La lluvia y alguna copa de más le jugaron una mala pasada. No llevaba casco y el golpe le produjo un hematoma importante, de modo que los médicos deberán aguardar 72 horas para ver la evolución y decidir si se realiza una cirugía 
El ambiente del hospital vuelve a la calma alrededor de las 5 de la madrugada, justo al momento en se realiza un cambio de turno entre enfermeros. Ingresa un hombre entrado en años, de bigotes anchos tostados de tabaco, y una mujer alta y de nariz prominente. Ella se pierde en una habitación. El se presenta y no duda en cambiarse delante de mí mientras pregunta cómo me está yendo. Después toma un mate y va a controlar a los pacientes. Desde hace unos minutos el médico de guardia despareció.

- Se fue a acostar, en un rato viene la médica – cuenta el enfermero de los cólicos.

Más tarde cae un ex alcohólico terminal, cuyo hígado fue consumido por la cirrosis, al cual le colocarán un suero con algún calmante para que le aplaque los grandes dolores que sufre. El hombre del dolor de pecho que aguardó a que alguien de la guardia se desocupara para atenderlo, es dejado en observación. Mañana tendrá listos los análisis de sangre, pues al parecer no sufrió ningún infarto, un esfuerzo indebido le produjo tal malestar. Cuando lo estaban colocando en una silla de ruedas para llevarlo a una habitación confesó que trabaja en un lugar donde levanta cajas.
El día amanece nublado y en las calles flota un vapor denso que pronostica otro día mojado. En un par de horas los médicos se irán reemplazando para ir a descansar a sus casas luego de una noche en vela. El enfermero de la barriga abultada sale afuera y examina la mañana. Habla por celular con alguien y asiente con seguridad las preguntas que recibe del otro lado. Cuando corta me cuenta que lo invitaron a comer un asado, parece haberse olvidado de los cólicos. A sus espaldas asoma el hombre de seguridad, que escapa del hospital enfundado en un camperón oscuro. Dice que ya no está para estos trotes, que se siente viejo. Sale caminado hacia el centro por la avenida Calixto Calderón y se pierde en la neblina matinal. El enfermero se sienta en un banco ubicado al lado de la puerta de entrada, apoya la cabeza contra una pared y cierra los ojos. El teléfono le suena de nuevo. No atiende, está dormido.

martes, 7 de mayo de 2013

Rabindranah Tagore - ("Voto" y "Los niños") Mini bio - Foto

Tagore

Poeta y filósofo indio, premio Nobel, que contribuyó a estrechar el entendimiento mutuo entre las civilizaciones occidental e india. Su nombre en bengalí es Ravìndranatha Thakura y nació en Calcuta en el seno de una familia acomodada, hijo del filósofo Debendranath Tagore. Empezó a escribir poesía de niño y publicó su primer libro a los 17 años. Después de una breve estancia en Inglaterra (1878) donde estudió Derecho, volvió a la India, y pronto se convertiría en el autor más importante y famoso de la época colonial. Escribió poesía, cuentos, novelas y obras de teatro, y además compuso centenares de canciones populares. En 1929 empezó también a pintar. Internacionalista decidido y educador, en 1901 fundó en su propiedad bengalí la escuela Santiniketan, para la enseñanza de una mezcla de filosofías orientales y occidentales, que en 1921 se convertiría en la Universidad Internacional Visva-Bharati. También viajó y dió conferencias por todo el mundo. Tagore escribió en lengua bengalí. Su obra, muy imaginativa y profundamente religiosa, está impregnada por su amor a la naturaleza y a su tierra. En 1913, le fue concedido el Premio Nobel de Literatura y en 1915 el rey Jorge V le nombró caballero, título al que renunció tras la matanza de Amritsar en 1919, cuando las tropas británicas mataron a 400 manifestantes indios. Muchas de sus obras fueron traducidas al español por Zenovia Camprubí.

Voto

Dímelo con tus ojos y cogeré los frutos de mi huerto en donde el tiempo se ha trocado en dulzura y con ellos llenaré una cesta que tenga forma de corazón o de navío para ti que estás tan lejos, en el jardín de la tarde.
La estación avanza, avanza con pie dorado, llena de grave esplendor. 
La flauta del nostálgico calla en la sombra. Dímelo con tu silencio y la flauta gemirá por ti, entre todas la más lejana.
Dímelo apenas con tu sonrisa y me daré a la vela sobre el río, hacia ti, rodeada por la lejanía. El viento de marzo se levanta e infla el pecho de las velas y las olas.
Mi huerto exhala toda su alma a la hora entristecida en que la luz cierra sus párpados. Llámame con tu alma desde tu casa, en la playa de la lejanía, 
al otro lado del crepúsculo.

Los niños

En la última playa del mundo los niños se reúnen. El infinito azul está a su lado, al alcance de sus manos. En la orilla del mundo, más allá de la luna, los niños se reúnen, y ríen, gritan y bailan entre una nube de oro. Con la arena rosa, dorada, violeta -en el alba, al medio día, por la tarde- edifican sus casas volanderas. Y juegan con las menudas conchas vacías. Y con las hojas secas aparejan sus barcas y, sonriendo, las echan al insondable mar. Los niños juegan en la ribera del mundo, más allá del cielo.
No saben navegar, ni saben lanzar las redes. Los niños pescadores de perlas se hunden en el mar y, al alba, los mercaderes se hacen a la vela; los niños entretanto acumulan guijarros de colores y luego, sonriendo, los dispersan.
No buscan tesoros escondidos, ni saben echar las redes.
Sube la marea, con su ancha risa, y la playa, sonríe con su pálido resplandor.
Las ondas en que habita la muerte cantan para los niños baladas sin sentido, como canta una madre que mece la cuna de su hijo. La ola baila y juega con los niños y la playa sonríe con su pálido resplandor.
En la última ribera del mundo los niños se reúnen. Pasa la tempestad por el cielo solitario, zozobran los navíos en el océano sin caminos, anda la muerte, anda la muerte, y los niños juegan, entre una nube de oro. 
En la orilla del mundo, más allá de la luna, los niños se reúnen en inmensa asamblea de risas y de danzas y de juegos y de cantos.

jueves, 25 de abril de 2013

Invitación



Invito a los lectores de cercano y ajeno a ir a las entradas antiguas. A menudo, por falta de tiempo, nos perdemos excelentes publicaciones.
Les deseo un muy buen viaje por estas páginas!!

viernes, 19 de abril de 2013

"Los extraños" Ilustración de tapa por Gabo Acosta


Los extraños

En la tenebrosa región de los que no están vivos ni tampoco muertos, las criaturas vagan, sedientas por conocer su origen. Están furiosas y tristes a la vez, avergonzadas por no encajar en ningún lado.
Temidos y odiados por sus vecinos (pues nada acrecienta más el odio que el miedo) descansan de día bajo un manto de tierra fría, para erguirse aturdidos con las primeras sombras.
A veces sus sentidos los engañan,  y pueden confundir un día muy nublado con el atardecer. Entonces terminan apaleados y heridos por las armas más letales que posean los vivos.
Pero cada anochecer deben retomar su extraña existencia, y balanceándose y babeando, caminan en busca de raíces y pequeñas alimañas que sigan manteniendo su no-vida, su no-muerte.
Yo los he visto desde mi ventana, confundidos con el ramaje que puebla el campo. Se agitan oscuramente bajo la lluvia o las estrellas, mientras sollozan por lo bajo. Ya no les temo.  Se que algunos llegan hasta el cobertizo para buscar frutas, queso o miel.
Y antes de que amanezca desaparecen bajo las ramas de los nísperos y paraísos, mientras el viento arrastra lejos sus gemidos.

Nedda

Ciudatii

Ïn tenebroasa regiune a celor ce nu sun în viatà si nici râposati, ciudatele creaturi râtâcese dornice sâ-si afle obärsia. Sunt furioase si triste în acelasi timp, rusinate câ nu îsi gâsesc locul nicâieri.
Temute si urâte de vecini (nimic nu întrece mai mult ura decât frica) se odhinesc ziua pe o manta rece de pamânt, pentru a se ridica clàtindundu-se odatà cu primele umbre.
Uneori se întâmpla sà confunde o zi mai noroasà cu amurgul, iar atunci sfârsesc prin a fi bàtute sau rànite cu armele cele mai letale pe care le pot tine oamenii în mânà.
Dar cu fiecare càdere a noptii trebuie sà ia de la capàt strania lor existentà si, salivând, bântuie în càutare de ràdàcine si vietàti mici, ca sà-si poatà continua ne-viata, ne-moartea.
I-am vàzut adesea la ferestre, confundându-se cu ràmurisul care împânzeste câmpul. Se agità în întuneric sub ploaie sau sub stele, oftând din adâncul ràrunchilor. Nu mi-e teamà de ei, si stiu cà unii ajung pânà la colibà, ca sà caute fructe, brânzà sau miere.
Apoi, înainte de ivirea zorilor, dispar sub ramurile copacilor, pe când vântul duce pânà departe gemetele lor.

Nedda.


jueves, 11 de abril de 2013

Mini biografía y caricatura de Clarice Lispector


Nacida en una aldea perdida de Ucrania, Clarice Lispector (1920-1977) llegó a Brasil con su familia, huyendo de los pogroms rusos, a los dos meses de edad. Desde su primera novela, Cerca del Corazón Salvaje, escrita con apenas veinticuatro años hasta Un Soplo de Vida, libro que no logró concluir en vida, la escritora publicó nueve novelas y cerca de setenta relatos en los que se manifiesta como una de las voces más intensas y hondas de nuestro siglo. Con un lenguaje sencillo describe diferentes apariciones de lo sagrado en la vida cotidiana. Por citar dos ejemplos: La belleza de una rosa, en el relato La Imitación de la Rosa, de su libro Lazos de Familia (Montesinos, 1988), lleva a la locura a su protagonista, Laura. La aparición de una cucaracha, en La Pasión segœn G.H. (Península, 1988), conduce a la protagonista del libro a un encuentro con el nœcleo del ser, un ser que comparte con el insecto como mujer y autora del estremecedor relato, y como ser vivo.

Judía de origen, empapada en la tradición hebraica por influjo familiar, rastreó en las honduras del corazón humano a la busca de una huella de la divinidad. Sus obras son crónicas de esa indagación siguiendo la tradición del cuento hasídico tal corno la define Martin Buber: "El relato es mucho más que una simple reflexión. (...) El milagro, al ser narrado, adquiere nueva fuerza; el poder que una vez fuera activo se difunde en la palabra viviente". Aunque la personalidad de la escritora brasileña huyera de cualquier credo religioso, sus primeros años de vida marcaron su relación con la literatura que, en sus palabras, "debe tener objetivos profundos y universales: Debe hacer reflexionar y preguntar sobre el sentido de la vida y, principalmente, debe interrogar sobre el destino del hombre en la vida".

"Quiero escribir el borrón rojo de la sangre con gotas y coágulos goteando de dentro para dentro. Quiero escribir amarillo-oro con rayos translœcidos. Que no me entiendan poco me importa. Nada tengo que perder. Me lo juego todo en la violencia que siempre me habitó, el grito áspero y agudo y prolongado, el grito que yo, por falso respeto humano, no di. Mas aquí va mi berrido rasgando las profundas entrañas de donde brota el estertor que ambiciono. Quiero abarcar el mundo con el terremoto causado por el grito".

En la madrugada de 1966 la escritora durmió con un cigarrillo prendido, provocando un incendio que destruyó completamente su dormitorio. Con quemaduras en gran parte del cuerpo, pasó algunos meses en el hospital. Su mano derecha, muy afectada, casi tuvo que ser amputada por los médicos y jamás recuperó la movilidad de antes. El incidente repercutió profundamente en su estado de ánimo, y las cicatrices y marcas en el cuerpo le causaron frecuentes depresiones, a pesar del amparo de amigos. Entre el final de la década de 60 y principio de los años 70 publicó libros infantiles y algunas traducciones y adaptaciones de obras extranjeras, obteniendo un rampante reconocimiento e impartiendo charlas y conferencias en distintas universidades de Brasil.

Murió en Río de Janeiro el 9 de diciembre de 1977 a los 56 años, víctima de un cáncer de ovario, algunos meses después de publicarse su última novela La hora de la estrella.

Restos de carnaval - Clarice Lispector


No, no del último carnaval. Pero éste, no sé por qué, me transportó a mi infancia y a los miércoles de ceniza en las calles muertas donde revoloteaban despojos de serpentinas y confeti. Una que otra beata, con la cabeza cubierta por un velo, iba a la iglesia, atravesando la calle tan extremadamente vacía que sigue al carnaval. Hasta que llegase el próximo año. Y cuando se acercaba la fiesta, ¿cómo explicar la agitación íntima que me invadía? Como si al fin el mundo, de retoño que era, se abriese en gran rosa escarlata. Como si las calles y las plazas de Recife explicasen al fin para qué las habían construido. Como si voces humanas cantasen finalmente la capacidad de placer que se mantenía secreta en mí. El carnaval era mío, mío.

En la realidad, sin embargo, yo poco participaba. Nunca había ido a un baile infantil, nunca me habían disfrazado. En compensación me dejaban quedar hasta las once de la noche en la puerta, al pie de la escalera del departamento de dos pisos, donde vivíamos, mirando ávidamente cómo se divertían los demás. Dos cosas preciosas conseguía yo entonces, y las economizaba con avaricia para que me durasen los tres días: un atomizador de perfume, y una bolsa de confeti. Ah, se está poniendo difícil escribir. Porque siento cómo se me va a ensombrecer el corazón al constatar que, aun incorporándome tan poco a la alegría, tan sedienta estaba yo que en un abrir y cerrar de ojos me transformaba en una niña feliz.

¿Y las máscaras? Tenía miedo, pero era un miedo vital y necesario porque coincidía con la sospecha más profunda de que también el rostro humano era una especie de máscara. Si un enmascarado hablaba conmigo en la puerta al pie de la escalera, de pronto yo entraba en contacto indispensable con mi mundo interior, que no estaba hecho sólo de duendes y príncipes encantados, sino de personas con su propio misterio. Hasta el susto que me daban los enmascarados era, pues, esencial para mí.

No me disfrazaban: en medio de las preocupaciones por la enfermedad de mi madre, a nadie en la casa se le pasaba por la cabeza el carnaval de la pequeña. Pero yo le pedía a una de mis hermanas que me rizara esos cabellos lacios que tanto disgusto me causaban, y al menos durante tres días al año podía jactarme de tener cabellos rizados. En esos tres días, además, mi hermana complacía mi intenso sueño de ser muchacha -yo apenas podía con las ganas de salir de una infancia vulnerable- y me pintaba la boca con pintalabios muy fuerte pasándome el colorete también por las mejillas. Entonces me sentía bonita y femenina, escapaba de la niñez.

Pero hubo un carnaval diferente a los otros. Tan milagroso que yo no lograba creer que me fuese dado tanto; yo, que ya había aprendido a pedir poco. Ocurrió que la madre de una amiga mía había resuelto disfrazar a la hija, y en el figurín el nombre del disfraz era Rosa. Por lo tanto, había comprado hojas y hojas de papel crepé de color rosa, con las cuales, supongo, pretendía imitar los pétalos de una flor. Boquiabierta, yo veía cómo el disfraz iba cobrando forma y creándose poco a poco. Aunque el papel crepé no se pareciese ni de lejos a los pétalos, yo pensaba seriamente que era uno de los disfraces más bonitos que había visto jamás.

Fue entonces cuando, por simple casualidad, sucedió lo inesperado: sobró papel crepé, y mucho. Y la mamá de mi amiga -respondiendo tal vez a mi muda llamada, a mi muda envidia desesperada, o por pura bondad, ya que sobraba papel- decidió hacer para mí también un disfraz de rosa con el material sobrante. Aquel carnaval, pues, yo iba a conseguir por primera vez en la vida lo que siempre había querido: iba a ser otra aunque no yo misma.

Ya los preparativos me atontaban de felicidad. Nunca me había sentido tan ocupada: minuciosamente calculábamos todo con mi amiga, debajo del disfraz nos pondríamos un fondo de manera que, si llovía y el disfraz llegaba a derretirse, por lo menos quedaríamos vestidas hasta cierto punto. (Ante la sola idea de que una lluvia repentina nos dejase, con nuestros pudores femeninos de ocho años, con el fondo en plena calle, nos moríamos de vergüenza; pero no: ¡Dios iba a ayudarnos! ¡No llovería!) En cuanto a que mi disfraz sólo existiera gracias a las sobras de otro, tragué con algún dolor mi orgullo, que siempre había sido feroz, y acepté humildemente lo que el destino me daba de limosna.

¿Pero por qué justamente aquel carnaval, el único de disfraz, tuvo que ser melancólico? El domingo me pusieron los tubos en el pelo por la mañana temprano para que en la tarde los rizos estuvieran firmes. Pero tal era la ansiedad que los minutos no pasaban. ¡Al fin, al fin! Dieron las tres de la tarde: con cuidado, para no rasgar el papel, me vestí de rosa.

Muchas cosas peores que me pasaron ya las he perdonado. Ésta, sin embargo, no puedo entenderla ni siquiera hoy: ¿es irracional el juego de dados de un destino? Es despiadado. Cuando ya estaba vestida de papel crepé todo armado, todavía con los tubos puestos y sin pintalabios ni colorete, de pronto la salud de mi madre empeoró mucho, en casa se produjo un alboroto repentino y me mandaron en seguida a comprar una medicina a la farmacia. Yo fui corriendo vestida de rosa -pero el rostro no llevaba aún la máscara de muchacha que debía cubrir la expuesta vida infantil-, fui corriendo, corriendo, perpleja, atónita, ente serpentinas, confeti y gritos de carnaval. La alegría de los otros me sorprendía.

Cuando horas después en casa se calmó la atmósfera, mi hermana me pintó y me peinó. Pero algo había muerto en mí. Y, como en las historias que había leído, donde las hadas encantaban y desencantaban a las personas, a mí me habían desencantado: ya no era una rosa, había vuelto a ser una simple niña. Bajé la calle; de pie allí no era ya una flor sino un pensativo payaso de labios encarnados. A veces, en mi hambre de sentir el éxtasis, empezaba a ponerme alegre, pero con remordimiento me acordaba del grave estado de mi madre y volvía a morirme.

Sólo horas después llegó la salvación. Y si me apresuré a aferrarme a ella fue por lo mucho que necesitaba salvarme. Un chico de doce años, que para mí ya era un muchacho, ese chico muy guapo se paró frente a mí y con una mezcla de cariño, grosería, broma y sensualidad me cubrió el pelo, ya lacio, de confeti: por un instante permanecimos enfrentados, sonriendo, sin hablar. Y entonces yo, mujercita de ocho años, consideré durante el resto de la noche que al fin alguien me había reconocido; era, sí, una rosa.