jueves, 11 de abril de 2013

Mini biografía y caricatura de Clarice Lispector


Nacida en una aldea perdida de Ucrania, Clarice Lispector (1920-1977) llegó a Brasil con su familia, huyendo de los pogroms rusos, a los dos meses de edad. Desde su primera novela, Cerca del Corazón Salvaje, escrita con apenas veinticuatro años hasta Un Soplo de Vida, libro que no logró concluir en vida, la escritora publicó nueve novelas y cerca de setenta relatos en los que se manifiesta como una de las voces más intensas y hondas de nuestro siglo. Con un lenguaje sencillo describe diferentes apariciones de lo sagrado en la vida cotidiana. Por citar dos ejemplos: La belleza de una rosa, en el relato La Imitación de la Rosa, de su libro Lazos de Familia (Montesinos, 1988), lleva a la locura a su protagonista, Laura. La aparición de una cucaracha, en La Pasión segœn G.H. (Península, 1988), conduce a la protagonista del libro a un encuentro con el nœcleo del ser, un ser que comparte con el insecto como mujer y autora del estremecedor relato, y como ser vivo.

Judía de origen, empapada en la tradición hebraica por influjo familiar, rastreó en las honduras del corazón humano a la busca de una huella de la divinidad. Sus obras son crónicas de esa indagación siguiendo la tradición del cuento hasídico tal corno la define Martin Buber: "El relato es mucho más que una simple reflexión. (...) El milagro, al ser narrado, adquiere nueva fuerza; el poder que una vez fuera activo se difunde en la palabra viviente". Aunque la personalidad de la escritora brasileña huyera de cualquier credo religioso, sus primeros años de vida marcaron su relación con la literatura que, en sus palabras, "debe tener objetivos profundos y universales: Debe hacer reflexionar y preguntar sobre el sentido de la vida y, principalmente, debe interrogar sobre el destino del hombre en la vida".

"Quiero escribir el borrón rojo de la sangre con gotas y coágulos goteando de dentro para dentro. Quiero escribir amarillo-oro con rayos translœcidos. Que no me entiendan poco me importa. Nada tengo que perder. Me lo juego todo en la violencia que siempre me habitó, el grito áspero y agudo y prolongado, el grito que yo, por falso respeto humano, no di. Mas aquí va mi berrido rasgando las profundas entrañas de donde brota el estertor que ambiciono. Quiero abarcar el mundo con el terremoto causado por el grito".

En la madrugada de 1966 la escritora durmió con un cigarrillo prendido, provocando un incendio que destruyó completamente su dormitorio. Con quemaduras en gran parte del cuerpo, pasó algunos meses en el hospital. Su mano derecha, muy afectada, casi tuvo que ser amputada por los médicos y jamás recuperó la movilidad de antes. El incidente repercutió profundamente en su estado de ánimo, y las cicatrices y marcas en el cuerpo le causaron frecuentes depresiones, a pesar del amparo de amigos. Entre el final de la década de 60 y principio de los años 70 publicó libros infantiles y algunas traducciones y adaptaciones de obras extranjeras, obteniendo un rampante reconocimiento e impartiendo charlas y conferencias en distintas universidades de Brasil.

Murió en Río de Janeiro el 9 de diciembre de 1977 a los 56 años, víctima de un cáncer de ovario, algunos meses después de publicarse su última novela La hora de la estrella.

Restos de carnaval - Clarice Lispector


No, no del último carnaval. Pero éste, no sé por qué, me transportó a mi infancia y a los miércoles de ceniza en las calles muertas donde revoloteaban despojos de serpentinas y confeti. Una que otra beata, con la cabeza cubierta por un velo, iba a la iglesia, atravesando la calle tan extremadamente vacía que sigue al carnaval. Hasta que llegase el próximo año. Y cuando se acercaba la fiesta, ¿cómo explicar la agitación íntima que me invadía? Como si al fin el mundo, de retoño que era, se abriese en gran rosa escarlata. Como si las calles y las plazas de Recife explicasen al fin para qué las habían construido. Como si voces humanas cantasen finalmente la capacidad de placer que se mantenía secreta en mí. El carnaval era mío, mío.

En la realidad, sin embargo, yo poco participaba. Nunca había ido a un baile infantil, nunca me habían disfrazado. En compensación me dejaban quedar hasta las once de la noche en la puerta, al pie de la escalera del departamento de dos pisos, donde vivíamos, mirando ávidamente cómo se divertían los demás. Dos cosas preciosas conseguía yo entonces, y las economizaba con avaricia para que me durasen los tres días: un atomizador de perfume, y una bolsa de confeti. Ah, se está poniendo difícil escribir. Porque siento cómo se me va a ensombrecer el corazón al constatar que, aun incorporándome tan poco a la alegría, tan sedienta estaba yo que en un abrir y cerrar de ojos me transformaba en una niña feliz.

¿Y las máscaras? Tenía miedo, pero era un miedo vital y necesario porque coincidía con la sospecha más profunda de que también el rostro humano era una especie de máscara. Si un enmascarado hablaba conmigo en la puerta al pie de la escalera, de pronto yo entraba en contacto indispensable con mi mundo interior, que no estaba hecho sólo de duendes y príncipes encantados, sino de personas con su propio misterio. Hasta el susto que me daban los enmascarados era, pues, esencial para mí.

No me disfrazaban: en medio de las preocupaciones por la enfermedad de mi madre, a nadie en la casa se le pasaba por la cabeza el carnaval de la pequeña. Pero yo le pedía a una de mis hermanas que me rizara esos cabellos lacios que tanto disgusto me causaban, y al menos durante tres días al año podía jactarme de tener cabellos rizados. En esos tres días, además, mi hermana complacía mi intenso sueño de ser muchacha -yo apenas podía con las ganas de salir de una infancia vulnerable- y me pintaba la boca con pintalabios muy fuerte pasándome el colorete también por las mejillas. Entonces me sentía bonita y femenina, escapaba de la niñez.

Pero hubo un carnaval diferente a los otros. Tan milagroso que yo no lograba creer que me fuese dado tanto; yo, que ya había aprendido a pedir poco. Ocurrió que la madre de una amiga mía había resuelto disfrazar a la hija, y en el figurín el nombre del disfraz era Rosa. Por lo tanto, había comprado hojas y hojas de papel crepé de color rosa, con las cuales, supongo, pretendía imitar los pétalos de una flor. Boquiabierta, yo veía cómo el disfraz iba cobrando forma y creándose poco a poco. Aunque el papel crepé no se pareciese ni de lejos a los pétalos, yo pensaba seriamente que era uno de los disfraces más bonitos que había visto jamás.

Fue entonces cuando, por simple casualidad, sucedió lo inesperado: sobró papel crepé, y mucho. Y la mamá de mi amiga -respondiendo tal vez a mi muda llamada, a mi muda envidia desesperada, o por pura bondad, ya que sobraba papel- decidió hacer para mí también un disfraz de rosa con el material sobrante. Aquel carnaval, pues, yo iba a conseguir por primera vez en la vida lo que siempre había querido: iba a ser otra aunque no yo misma.

Ya los preparativos me atontaban de felicidad. Nunca me había sentido tan ocupada: minuciosamente calculábamos todo con mi amiga, debajo del disfraz nos pondríamos un fondo de manera que, si llovía y el disfraz llegaba a derretirse, por lo menos quedaríamos vestidas hasta cierto punto. (Ante la sola idea de que una lluvia repentina nos dejase, con nuestros pudores femeninos de ocho años, con el fondo en plena calle, nos moríamos de vergüenza; pero no: ¡Dios iba a ayudarnos! ¡No llovería!) En cuanto a que mi disfraz sólo existiera gracias a las sobras de otro, tragué con algún dolor mi orgullo, que siempre había sido feroz, y acepté humildemente lo que el destino me daba de limosna.

¿Pero por qué justamente aquel carnaval, el único de disfraz, tuvo que ser melancólico? El domingo me pusieron los tubos en el pelo por la mañana temprano para que en la tarde los rizos estuvieran firmes. Pero tal era la ansiedad que los minutos no pasaban. ¡Al fin, al fin! Dieron las tres de la tarde: con cuidado, para no rasgar el papel, me vestí de rosa.

Muchas cosas peores que me pasaron ya las he perdonado. Ésta, sin embargo, no puedo entenderla ni siquiera hoy: ¿es irracional el juego de dados de un destino? Es despiadado. Cuando ya estaba vestida de papel crepé todo armado, todavía con los tubos puestos y sin pintalabios ni colorete, de pronto la salud de mi madre empeoró mucho, en casa se produjo un alboroto repentino y me mandaron en seguida a comprar una medicina a la farmacia. Yo fui corriendo vestida de rosa -pero el rostro no llevaba aún la máscara de muchacha que debía cubrir la expuesta vida infantil-, fui corriendo, corriendo, perpleja, atónita, ente serpentinas, confeti y gritos de carnaval. La alegría de los otros me sorprendía.

Cuando horas después en casa se calmó la atmósfera, mi hermana me pintó y me peinó. Pero algo había muerto en mí. Y, como en las historias que había leído, donde las hadas encantaban y desencantaban a las personas, a mí me habían desencantado: ya no era una rosa, había vuelto a ser una simple niña. Bajé la calle; de pie allí no era ya una flor sino un pensativo payaso de labios encarnados. A veces, en mi hambre de sentir el éxtasis, empezaba a ponerme alegre, pero con remordimiento me acordaba del grave estado de mi madre y volvía a morirme.

Sólo horas después llegó la salvación. Y si me apresuré a aferrarme a ella fue por lo mucho que necesitaba salvarme. Un chico de doce años, que para mí ya era un muchacho, ese chico muy guapo se paró frente a mí y con una mezcla de cariño, grosería, broma y sensualidad me cubrió el pelo, ya lacio, de confeti: por un instante permanecimos enfrentados, sonriendo, sin hablar. Y entonces yo, mujercita de ocho años, consideré durante el resto de la noche que al fin alguien me había reconocido; era, sí, una rosa.

sábado, 23 de marzo de 2013

lunes, 11 de febrero de 2013

Paul Eluard - Foto e info.

Poeta francés, nacido en Saint-Denis. Su verdadero nombre era Eugène Grindel. Su poesía es esencialmente lírica, aunque siempre basada en temas cotidianos y experiencias dramáticas de su propia vida. Durante la década de 1920 y principios de la siguiente, Éluard se entregó a la experimentación poética y junto con Breton, Soupault y Aragon dio vida al surrealismo, publicando Morir de no morir (1924), Capital del dolor (1926) y Los ojos fértiles (1936). El sueño frente a la realidad y la libre expresión del pensamiento se reflejan en sus poemas surrealistas de este periodo. Más tarde, influido por la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial, escribió poemas de contenido más político como Poesía y verdad (1942) y En la corte alemana (1944), en los que regresa a formas estilísticas más tradicionales.

El Ave Fénix - Paul Eluard


Soy el último en tu camino, 
la última primavera y última nieve. 
La última lucha para no morir. 

Y henos aquí más abajo y más arriba que nunca. 

De todo hay en nuestra hoguera. 
Piñas de pino y sarmientos 
y flores más fuertes que el agua. 

Hay barro y rocío. 

La llama bajo nuestro pie la llama nos corona. 
A nuestros pies insectos, pájaros, hombres, 
van a escaparse. 

Los que vuelan van a posarse. 

El cielo está claro, la tierra en sombra. 
Pero el humo sube al cielo. 
El cielo ha perdido su fuego. 

La llama quedó en la tierra. 

La llama es el nimbo del corazón. 
Y todas las ramas de la sangre 
cantan nuestro mismo aire. 

Disipa la niebla de nuestro invierno. 

Hórrida y nocturna se encendió la pena, 
floreció la ceniza en gozo y hermosura. 
Volvemos la espalda al ocaso 

Todo es color de aurora.

domingo, 20 de enero de 2013

Annabel Lee - Edgar Allan Poe


It was many and many a year ago,
In a kingdom by the sea,
That a maiden there lived whom you may know
By the name of ANNABEL LEE;
And this maiden she lived with no other thought
Than to love and be loved by me.

I was a child and she was a child,
In this kingdom by the sea;
But we loved with a love that was more than love-
I and my Annabel Lee;
With a love that the winged seraphs of heaven
Coveted her and me.

And this was the reason that, long ago,
In this kingdom by the sea,
A wind blew out of a cloud, chilling
My beautiful Annabel Lee;
So that her highborn kinsman came
And bore her away from me,
To shut her up in a sepulchre
In this kingdom by the sea.

The angels, not half so happy in heaven,
Went envying her and me-
Yes!- that was the reason (as all men know,
In this kingdom by the sea)
That the wind came out of the cloud by night,
Chilling and killing my Annabel Lee.

But our love it was stronger by far than the love
Of those who were older than we-
Of many far wiser than we-
And neither the angels in heaven above,
Nor the demons down under the sea,
Can ever dissever my soul from the soul
Of the beautiful Annabel Lee.

For the moon never beams without bringing me dreams
Of the beautiful Annabel Lee;
And the stars never rise but I feel the bright eyes
Of the beautiful Annabel Lee;
And so, all the night-tide, I lie down by the side
Of my darling- my darling- my life and my bride,
In the sepulchre there by the sea,
In her tomb by the sounding sea.


Fue hace muchos y muchos años, en un reino junto al mar,
habitó una señorita a quien puedes conocer
por el nombre de Annabel Lee;
y esta señorita no vivía con otro pensamiento
que amar y ser amada por mí.

Yo era un niño y ella era una niña
en este reino junto al mar
pero nos amábamos con un amor que era más que amor
—yo y mi Annabel Lee—
con un amor que los ángeles súblimes del Paraíso
nos envidiaban a ella y a mí.

Y esa fue la razón que, hace muchos años,
en este reino junto al mar,
un viento partió de una oscura nube aquella noche
helando a mi Annabel Lee;
así que su noble parentela vinieron
y me la arrebataron,
para silenciarla en una tumba
en este reino junto al mar.

Lo ángeles, que no eran siquiera medio felices en el Paraíso,
nos cogieron envidia a ella y a mí:—
Sí!, esa fue la razón (como todos los hombres saben)
en este reino junto al mar)
que el viento salió de una nube, helando
y matando mi Annabel Lee.

Pero nuestro amor era más fuerte que el amor
de aquellos que eran mayores que nosotros—
de muchos más sabios que nosotros—
y ni los ángeles in el Paraíso encima
ni los demonios debajo del mar
separarán jamás mi alma del alma
de la hermosa Annabel Lee:—

Porque la luna no luce sin traérme sueños
de la hermosa Annabel Lee;
ni brilla una estrella sin que vea los ojos brillantes
de la hermosa Annabel Lee;
y así paso la noche acostado al lado
de mi querida, mi querida, mi vida, mi novia,
en su sepulcro junto al mar—
en su tumba a orillas del mar.




Un 19 de enero de 1809...


Nace en Boston (EE.UU.) Edgar Allan Poe, escritor romántico estadounidense, especialista en cuentos de terror y maestro del relato corto.

Poeta, cuentista y crítico estadounidense. Sus padres, actores de teatro itinerantes, murieron cuando él era todavía un niño. Edgar Allan Poe fue educado por John Allan, un acaudalado hombre de negocios de Richmond, y de 1815 a 1820 vivió con éste y su esposa en el Reino Unido, donde comenzó su educación. 

Después de regresar a Estados Unidos, Edgar Allan Poe siguió estudiando en centros privados y asistió a la Universidad de Virginia, pero en 1827 su afición al juego y a la bebida le acarreó la expulsión. Abandonó poco después el puesto de empleado que le había asignado su padre adoptivo, y viajó a Boston, donde publicó anónimamente su primer libro, Tamerlán y otros poemas (Tamerlane and Other Poems, 1827). 

Se alistó luego en el ejército, en el que permaneció dos años. En 1829 apareció su segundo libro de poemas, Al Aaraf, y obtuvo, por influencia de su padre adoptivo, un cargo en la Academia Militar de West Point, de la que a los pocos meses fue expulsado por negligencia en el cumplimiento del deber. 

En 1832, y después de la publicación de su tercer libro, Poemas (Poems by Edgar Allan Poe, 1831), se desplazó a Baltimore, donde contrajo matrimonio con su jovencísima prima Virginia Clem, que contaba sólo catorce años de edad. Por esta época entró como redactor en el periódico Southern Baltimore Messenger, y más tarde en varias revistas en Filadelfia y Nueva York, ciudad en la que se había instalado con su esposa en 1837.

Su labor como crítico literario incisivo y a menudo escandaloso le granjeó cierta notoriedad, y sus originales apreciaciones acerca del cuento y de la naturaleza de la poesía no dejarían de ganar influencia con el tiempo. La larga enfermedad de su esposa convirtió su matrimonio en una experiencia amarga; cuando ella murió, en 1847, se agravó su tendencia al alcoholismo y al consumo de drogas, según testimonio de sus contemporáneos. Ambas fueron, con toda probabilidad, la causa de su muerte.

Según Poe, la máxima expresión literaria era la poesía, y a ella dedicó sus mayores esfuerzos. Es justamente célebre su extenso poema El cuervo (The Raven, 1845), donde su dominio del ritmo y la sonoridad del verso llegan a su máxima expresión. Las campanas (The Bells, 1849), que evoca constantemente sonidos metálicos, Ulalume (1831) y Annabel Lee (1849) manifiestan idéntico virtuosismo. 

Pero la genialidad y la originalidad de Edgar Allan Poe encuentran quizás su mejor expresión en los cuentos, que, según sus propias apreciaciones críticas, son la segunda forma literaria, pues permiten una lectura sin interrupciones, y por tanto la unidad de efecto que resulta imposible en la novela.

martes, 8 de enero de 2013

Lao-tse - Algunas frases célebres

Datos del autor:
(570-490 a.C.)
Lao-Tsé, también llamado Lao Tzu, Lao Zi, Laozi o Laocio. Su nombre real era Li Er 李耳. Es una figura cuya existencia histórica se debate. Se le considera uno de los filósofos más relevantes de la civilización china, considerado el fundador del taoísmo. Según la leyenda, nació en la provincia de Henan y fue bibliotecario de la corte. Se supone que dejó escrito el Tao Te-King (Libro de la Vía y de la Virtud), el gran tratado filosófico chino, cuando abandonó China para irse a vivir a un lugar desconocido de Occidente.

"Aquél que obtiene una victoria sobre otro hombre es fuerte, pero quien obtiene una victoria sobre sí mismo es poderoso."
"La travesía de mil millas comienza con un paso."
"El que mucho promete rara vez cumple su palabra."
"Proyecta lo difícil partiendo de donde aún es fácil."
"El que proyecta muchas cosas, encuentra muchos obstáculos para realizarlas."

sábado, 5 de enero de 2013

No es casual - Ernesto Sábato


Ni el amor, ni los encuentros verdaderos, ni siquiera los profundos desencuentros son obra de las casualidades, sino que nos están misteriosamente reservados.
Cuantas veces en la vida me ha sorprendido como, entre las multitudes que existen en el mundo, nos cruzamos con aquellas que, de alguna manera, poseían las tablas de nuestro destino, como si hubiéramos pertenecido a una misma organización secreta, o a capítulos del mismo libro.
Nunca supe si se los reconoce porque ya se los buscaba, o se los busca porque ya bordean los aledaños de nuestro destino.

Ernesto Sábato.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Mini bio y fotografía de Laura Ponce

FOTO Laura Ponce.JPG

Laura Ponce nació en Buenos Aires, Argentina, en 1972. Escribe desde la adolescencia, especialmente género fantástico y ciencia ficción.
Lo primero que publicó fue "Rompiendo el Silencio", un cuento corto aparecido en el 2005 en la antología Relatos Andantes de Editorial Dunken. A partir de entonces ha colaborado regularmente con revistas electrónicas y de papel y sus cuentos han aparecido en antologías argentinas y extranjeras.
Comenzó a trabajar para la revista digital Axxón y en el 2007 entró a formar parte del equipo de dirección editorial.
En diciembre de 2008, con el sello Ediciones Ayarmanot, lanzó la revista "SENSACION!", una revista trimestral en papel con una particular visión sobre los relatos de aventuras espaciales. Se trata de una publicación de corte pulp, homenaje a las revistas de la época de oro de la ciencia ficción, pero con relatos escritos por autores actuales. Enlace al editorial del nro.1
En marzo del 2009 Ediciones Ayarmanot dobló la apuesta lanzando la revista PROXIMA, también trimestral y también en papel, pero de corte mucho más moderno Enlace al editorial del nro.1

jueves, 20 de diciembre de 2012

EN EL BORDE DEL MUNDO - Laura Ponce

En el borde del Mundo, por Fraga.jpg


Parado aquí, sobre la muralla, contemplo el páramo. Un terreno áspero, pedregoso, con pastos duros, ocasionales matas de espinos y esas plantas enormes que crecen junto al río. No parecía mucho más cuando lo observamos desde la órbita y sin embargo nos alegró ver Beta Semaris Cuatro con nuestros propios ojos por primera vez. 

Las lecturas que obtuvimos entonces acerca de las condiciones ambientales confirmaron la información enviada por las primeras sondas, información que nos impulsó a venir hasta aquí desde el otro extremo del sector: la atmósfera era apropiada y las condiciones del planeta eran ideales para establecernos. 

Pero estas nuevas lecturas mostraron también algo más. 

En la región central del único continente, cerca de la costa de un río, había una estructura de aspecto no natural. Lucía como un conjunto de edificaciones. Verificamos una y otra vez: no se registraba movimiento alguno, había evidencia de vida vegetal pero no había señal alguna de vida animal. El mundo estaba desierto y la construcción vacía. 

Aparentemente, nuestros antecesores eran seres antropomórficos aunque de proporciones físicas algo mayores. La estructura central y los edificios más grandes daban la impresión de haber sido prefabricados —quizás eran los módulos de una nave destinados a proporcionar las instalaciones de base para la colonia—, en torno a ellos había construcciones más pequeñas alzadas con materiales locales y todo estaba rodeado por una especie de muro. Pronto hubo consenso entre los que nos adelantamos para explorarla: recordaba vagamente a una ciudadela medieval y comenzamos a llamarla Camelot. 

Parecía haber sido abandonada algún tiempo atrás y no había nada que sugiriera el destino de sus ocupantes, aunque al irse habían dejado muchas cosas olvidadas. Quizás tenían una nave de repuesto y se habían marchado en ella. O tal vez alguien había venido a recogerlos para llevarlos de regreso a casa. ¿Cómo saberlo? Lo cierto es que afortunadamente no debíamos compartir el mundo con ellos. Tomamos la ciudadela contentos de su existencia y de que estuviera vacía y no nos hicimos más preguntas sobre el destino de sus constructores. 

Nada indicaba peligro inmediato y parecía un desperdicio no ocuparla, no aprovechar sus recursos y las comodidades de sus instalaciones. Se dice que los viajeros espaciales somos supersticiosos y no es del todo falso, pero más que ninguna otra cosa somos gente práctica. Habíamos viajado en pos de este mundo durante años y estábamos deseosos de ponernos a trabajar en él de una buena vez. 

Al colocar la piedra fundacional en el edificio central de la ciudadela —el módulo de comando de nuestra nave una vez despiezada— pensamos que ése era nuestro castillo ahora, el primero de muchos castillos, que nos establecíamos en la primera de muchas ciudadelas. Nosotros, los humanos, haríamos de este suelo yermo un vergel, nosotros traeríamos vida a este mundo muerto, nosotros... éramos unos estúpidos. 

El miedo es una cosa terrible, se esparce entre la gente como un virus incapacitante potencialmente mortal. La gente se paraliza. 

¿Saben ustedes lo que es pararse aquí cada noche con el dedo agarrotado en el gatillo y observar la oscuridad conteniendo el aliento? ¿Saben lo que es pasar el día preparando las armas, afilando las bayonetas? ¿Estas armas toscas que hemos fabricado, flamantes e inútiles, sin uso e incapaces de detener las desapariciones? 

Hace un tiempo avistamos a alguien corriendo hacia unos pastizales. Se ocultó rápidamente y los reflectores no lograron darle alcance. A la mañana hicimos un recuento y descubrimos que faltaba una mujer. Se llamaba Takashi y su esposo había sido el primero en desaparecer. Atribuimos su abandono de la ciudadela a un intento estúpido pero comprensible de ir en su búsqueda. Pensamos que regresaría o que eventualmente descubriríamos sus restos por ahí. Pero no ocurrió. Encontramos sus cosas, sí, su ropa, sus zapatos, sus adornos, pero no a ella o sus restos. Era extraño. No había evidencia de vida animal en el planeta; las condiciones climáticas del páramo podían ser severas pero no descompondrían un cuerpo en tan poco tiempo, no sin dejar rastro. Buscándola a ella y a los que la siguieron descubrimos túneles. Parecían grandes madrigueras que se intercomunicaban. Quizás nuestra gente caía en ellas, se perdía y no podía regresar; pero parecía una explicación muy poco razonable y en todo caso no aclaraba por qué encontrábamos ocasionalmente sus cosas o qué los motivaba a alejarse de la ciudadela sin decírselo a nadie. 

No es necesario mencionar que la paranoia se extendió. Según a quién uno le preguntara, los responsables de lo que sucedía eran nativos invisibles que se defendían de nuestra "invasión", fantasmas de los constructores que volvían para recuperar su ciudadela, o una fracción de la colonia que estaba deshaciéndose de los demás. Se organizaron patrullas, se fabricaron armas, se establecieron puestos de vigilancia, pero las desapariciones siguieron en aumento. 

Fue en medio de esa locura que yo me acerqué a Venara. Obviamente la conocía —uno no viaja cinco años encerrado en una nave con otros ciento quince colonizadores sin llegar a conocerlos— pero en aquellos días aciagos fue como si la viera por primera vez. Era realmente hermosa. ¿Conocen esa anarquía de los sentidos, esa especie de narcosis que nubla la razón, incapacita las extremidades y descontrola la lengua? Yo caí de lleno en sus brazos. 

Venara no sólo era hermosa sino también brillante. Como exobióloga encontraba fascinantes las particulares condiciones del planeta, el desarrollo de las plantas como únicas formas de vida, evolucionando hasta constituir un complejo ecosistema. En sus labios el mínimo dato sonaba a deslumbrante revelación. Con la paranoia reinante la investigación de campo, la recolección de muestras, incluso la exploración, habían quedado relegadas; pero por supuesto Venera no se sentía incluida en las disposiciones generales. Anda.... Llévame a la frontera, dijo un día. Y yo, como un tonto, acepté. 

Fue la primera vez de muchas en que nos escabullimos fuera de la muralla. 

Le interesaban en particular esas plantas enormes que crecen en la costa del río. Sus raíces se proyectan bajo el agua y horadan profundamente el suelo, entrelazándose con las de otros ejemplares que crecen a gran distancia. En esa época se hallaban en plena floración y al parecer sus esporas provocaban cambios en el desarrollo de plantas de otras especies con las que estaban relacionadas de forma simbiótica. Aparentemente todos sus ciclos reproductivos estaban encadenados. Podría tratarse de algún tipo de polinización cruzada o incluso de una transmisión horizontal de genes realmente importante. Como fuera, saltaba a la vista que esas plantas enormes eran las reinas del lugar. 

Venara decía que eran vegetales extraordinariamente avanzados y complejos, que habían alcanzado un nivel evolutivo inimaginable para nuestro mundo natal. La ayudé a armar un dispositivo para sobrevolar el continente y hacer una especie de censo, tomamos muestras, pasamos días enteros arrastrándonos por los túneles. Mientras la colonia se desintegraba en medio del temor y las acusaciones, mientras iban desapareciendo uno a uno, yo sólo tenía ojos para ella. 

Con el avance de la investigación, una sensación de urgencia fue ganándonos poco a poco. Llegamos a dedicarle cada elemento a nuestro alcance, cada momento de la jornada, y todo parecía poco. Era como si por fin comprendiéramos lo precario de nuestra situación. Los estudios y experimentos insumían cada vez más recursos de la debilitada colonia; no gozábamos del favor de la mayoría, que veía nuestro trabajo con suspicacia, socarronería o indiferencia, y no me avergüenza admitir que cuando debí robar o mentir, lo hice. Hubiera hecho cualquier cosa por ella. 

A veces estaba tan agotado que apenas podía mantenerme despierto, pero una sonrisa suya o un roce de su mano era suficiente para que volviera al trabajo. 

Venara intuía algo, lo sé, estaba al borde de un gran descubrimiento; pero desapareció hace unos días. 

Aunque no tengo sus conocimientos, hice todo lo que pude para continuar con la investigación. Lo hice como un modo de honrar su memoria, pero también porque creí que ahí podía encontrarse la última esperanza, lo que desentrañaría el misterio y salvaría lo que queda de nuestra colonia. 

De manera inesperada, y por lo menos en parte, he tenido éxito. 

Las tormentas de polvo se han hecho más frecuentes y dejan un aroma dulce en el aire. Son las esporas. Pronto habrán afectado a todos. 

Me pregunto si los Altos habrán descubierto lo que pasaba antes de que su ciudadela se vaciara por completo. Es irónico, ¿no creen? Con tantos viajes, en tanto tiempo explorando el espacio, la humanidad nunca había encontrado otra forma de vida evolucionada y nosotros encontramos dos en el mismo mundo. Sin embargo es fácil entender por qué no pudimos identificar a la más importante de ellas: no te ataca, no se defiende, no intenta comunicarse, no es animal, ni vegetal ni mineral o acaso es todas esas cosas. Sólo está viva y éste es su mundo, todo lo que hay en él le pertenece... O pronto será así. 

Va cayendo la noche y observo el cielo. Un cielo nuevo que se abre como una ventana a lo desconocido. 

Beta Semaris Cuatro... Los nombres son cosas imprecisas, dudosas convenciones. Para quienes no tienen un idioma hablado ni gestual ni escrito, para quienes pueden comunicar directamente ideas o impresiones complejas, los nombres no tienen sentido. Ahora al pensar en el nombre de este mundo, siento que esa designación —Beta Semaris Cuatro— es opacada rápidamente por una idea, la idea de Hogar, pero también la de Ser, y también las de Cambiar y Permanecer. 

La parte de mí que todavía es humano tiene miedo, pero la parte de mí que es otra cosa siente una mansa ansiedad; puede esperar, tiene todo el tiempo del mundo para que el cambio se complete. Esto es más vasto que cualquier otra cosa que haya conocido, más acogedor y más propio que cualquier otro sitio en el que haya estado. 

Cierro los ojos y casi puedo sentir cómo van apareciendo las estrellas; y con cada una que sale, la naturaleza de lo que somos se manifiesta con mayor claridad y fuerza. El viento se alza de modo invitante sobre el vibrante escenario de la llanura y ahí, entre todas esas voces que trae, está la voz de Venara llamándome. 


* Este cuento forma parte de “Relatos de la Confederación” 

* Fue publicado por primera vez en noviembre del 2005, en la revista Axxón Nro. 156 


* Una versión especial apareció en septiembre del 2008 en la revista NGC 3660 



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martes, 18 de diciembre de 2012

Navidad - Ray Bradbury


El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque pasaba unos pocos kilos del peso máximo permitido y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando éstos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.

-¿Qué haremos?

-Nada, ¿qué podemos hacer?

-¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!

La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.

-Ya se me ocurrirá algo -dijo el padre.

-¿Qué...? -preguntó el niño.

El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer "día". Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:

-Quiero mirar por el ojo de buey.

-Todavía no -dijo el padre-. Más tarde.

-Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.

-Espera un poco -dijo el padre.

El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.

-Hijo mío -dijo-, dentro de medía hora será Navidad.

La madre lo miró consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.

-Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron.

-Sí, sí. todo eso y mucho más -dijo el padre.

-Pero... -empezó a decir la madre.

-Sí -dijo el padre-. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.

Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.

-Ya es casi la hora.

-¿Puedo tener un reloj? -preguntó el niño.

Le dieron el reloj, y el niño lo sostuvo entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el momento insensible.

-¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?

-Ven, vamos a verlo -dijo el padre, y tomó al niño de la mano.

Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.

-No entiendo.

-Ya lo entenderás -dijo el padre-. Hemos llegado.

Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.

-Entra, hijo.

-Está oscuro.

-No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.

Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.

-Feliz Navidad, hijo -dijo el padre.

Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Bukowski - Mini bio y foto


Charles Bukowski, bautizado como Heinrich Karl Bukowski (Andernach; 16 de agostode 1920 - Los Ángeles; 9 de marzo de 1994), fue un escritor y poeta estadounidense nacido en Alemania.
A menudo fue erróneamente asociado con los escritores de la Generación Beat, debido a sus similitudes de estilo y actitud. La escritura de Bukowski está fuertemente influida por la atmósfera de la ciudad donde pasó la mayor parte de su vida, Los Ángeles
Fue un autor prolífico, escribió más de cincuenta libros, incontables relatos cortos y multitud de poemas. A menudo es mencionado como influencia de autores contemporáneos y su estilo es frecuentemente imitado. Murió de leucemia en 1994, a la edad de 73 años. Hoy en día es considerado uno de los escritores estadounidense más influyentes y símbolo del "realismo sucio" y la literatura independiente.
En 1969, después de que el editor John Martin de Black Sparrow Press le prometiera una remuneración de cien dólares mensuales de por vida, Bukowski dejó de trabajar en la oficina de correos, para dedicarse a escribir todo el tiempo. Tenía entonces 49 años. Como él mismo explicó en una carta en ese entonces, “tengo dos opciones, permanecer en la oficina de correos y volverme loco… o quedarme fuera y jugar a ser escritor y morirme de hambre. He decidido morir de hambre”.6 Pasó menos de un mes tras dejar el trabajo en la oficina de Correos, cuando acabó su primera novela, Post Office (tituladaCartero en castellano).

Debido a la confianza que John Martin depositó en él cuando era un escritor relativamente desconocido y a la ayuda financiera, Bukowski publicó casi todo su trabajo literario con Black Sparrow Press.

Fuente: Wilkipedia.